Un proyecto universitario comienza por interrogarse para que servirá. En este caso hay una respuesta sugerente: debe servir para intentar resolver los grandes problemas no resueltos: la pobreza, la desigualdad, el cambio climático, el saqueo de la biodiversidad, la crisis económica, el desempleo. Pero la realidad apabulla al pensamiento cuando la pregunta siguiente es si se podrá. Y el razonamiento inmediato: si todas las universidades existentes con sus economistas, ecólogos, abogados, politólogos, y con centros de investigación y con prestigiados académicos, no lo han hecho, cómo lo harán los modestos hombres y mujeres de una pequeña nueva escuelita?.

Los grandes problemas de la humanidad comienzan aquí, en nuestra proximidad, en los que están a nuestro lado, en los que están en nuestra casa, nuestra escuela, nuestra comunidad. Por eso se requiere al actor humano que no pierda de vista los grandes problemas pero que empiece actuando desde su lugar.

Actuar desde el lugar, comprendiendo la complejidad de las cosas para trascender y transformar en beneficio propio y los demás, constituye el reto de los nuevos procesos civilizatorios, por ende es el desafío de la educación y del ejercicio profesional.

La crisis ambiental es la crisis de la racionalidad en que se fundan las formas modernas de vivir y de pensar; es la crisis de esa visión en que la naturaleza es un objeto de donde se extraen los recursos, se explotan y se vierten en forma de desechos; naturaleza de la que el humano es ajeno. Transformar esa racionalidad no es de lo que se ocupan, desafortunadamente, las actuales universidades.

La crisis económica y ecológica se traduce en grandes males de pobreza y riesgo para los más vulnerables, para quienes estudiar la primaria o secundaria es difícil, ya qué decir de la educación superior. Crear un servicio donde están los vulnerables para afrontar y comprender su condición, es apremiante y una obligación de la sociedad. Cierto es que una carrera o una escuela no van a ocupar la obligación y el papel que corresponde a los gobiernos y las instituciones, pero lo es también que desde el campo del saber se pueden desatar procesos de creación, innovación y de emancipación.

El Desarrollo Local Sustentable (DLS), es una práctica urgente en todos los rincones de la patria para que las comunidades se apropien de su destino y su devenir en la historia. Es una serie de acciones para hacer presente la ciencia, la tecnología y la técnica en los pequeños cambios con que se nutren los grandes programas y proyectos. Equivale a la construcción consciente de utopías y su concreción, echando mano de la teoría, la investigación y la ética.

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